sábado, 12 de febrero de 2011

Introducción al Manifiesto Comunista de Rubén Jaramillo Vélez

A ciento cincuenta y cinco años de aquel mes de febrero de 1848 durante el cual dos jóvenes intelectuales renanos, por encargo de la recientemente fundada “liga de los comunistas” (una asociación de obreros y artesanos con sede en Londres en la cual predominaban los exiliados alemanes) redactaran el que habría de ser su documento programático, el Manifiesto del partido comunista, conserva este la condición de un texto clásico de la tradición política de Occidente, si bien, en más de un sentido, aparece signado por el paso del tiempo y el cambio de circunstancias que condicionaron su gestación.

Sus propios autores lo percibieron así, tal y como lo reconocen en los prólogos elaborados con posteridad para las reediciones y las ediciones en otras lenguas (la primera apareció en Londres en lengua alemana) y en particular, doce años después de la muerte de Marx, en la afirmación expresa de Engels en la introducción a la segunda edición del ensayo de Marx intitulado La lucha de clases en Francia (que se publicaría tres meses antes de sus fallecimiento a mediados del año 1895 y por ello fue considerado su “testamento político”) según la cual ellos se habrían equivocado al considerar que la sociedad europea estaría madura para el socialismo a mediados de siglo porque, en realidad, tal y como lo demostraría el extraordinario avance económico que a partir del 48 se extendió a todo el continente europeo, el capitalismo todavía tenía por entonces muchas posibilidades de desarrollo “aclimatando la gran industria en Francia, Austria, Hungría, Polonia y últimamente en Rusia, haciendo de Alemania un verdadero país industrial de primer orden, todo esto sobre base capitalista, es decir, todavía muy capaz de extenderse en 1848”.

Por lo demás esto ya lo había considerado Marx en su célebre prologo a la Contribución a la crítica de la economía política (1859), en el que sostenía que “ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más altas reacciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado en el seno de la sociedad antigua”.

Sin embargo, el mismo hecho de que sus autores hubiesen reconocido lo que el texto albergaba de circunstancial, nos permite resaltar aquello que en él sigue siendo esencial y permanente, en particular la profunda y sutil fundamentación teórica de la primera sección. Con base en un detallado análisis del surgimiento del capitalismo y de la moderna sociedad burguesa reconoce, sin dejar lugar a dudas, la inmensa tarea histórica que le correspondió cumplir a la burguesía, una clase que, como lo dice el texto, “no puede existir sin revolucionar de continuo los instrumentos de producción y, por lo tanto, las relaciones de producción y con ello todas las relaciones sociales”. Por la dominación de la fuerzas de la naturaleza, por la aplicación tecnológica de descubrimientos científicos, por el empleo de las maquinas, por la incesante invención; por los progresos en la comunicación, con la navegación, el ferrocarril, el telégrafo eléctrico; por la superación de las formas locales y patriarcales de producción y existencia; por la gestación del mercado mundial y, con ello, del proyecto fáustico de la modernidad; por la universalización de la historia y la sociedad humanas, cuyo final sería la aparición del proletariado, la nueva clase de los obreros industriales, una clase que, como había escrito dos años antes en el manuscrito de la ideología Alemana, existe ya en un plano universal, razón por la cual, como lo afirma categóricamente el manifiesto y lo había manifestado Marx cinco años antes, le corresponderá como tarea suprimir el dominio de clases: el fin de la prehistoria, una nueva clase de existencia en la cual “el libre desarrollo de cada uno será la condición del libre desarrollo de todos”.

Pero teniendo en cuenta lo anterior, no podemos dejar de considerar el desastre en que concluyó el intento por aplicar el programa del Manifiesto precisamente en un país atrasado, la pretensión de construir el socialismo en un solo país, el cual, según lo podemos constatar hoy plenamente, de ninguna manera cumplía con los requisitos ni contaba con las premisas materiales, sociales, culturales y jurídicas – en particular- para dar el salto cualitativo colosal que aquel anunciaba. No sería honesto conmemorar la aparición del Manifiesto del partido comunista sin recordar simultáneamente lo que se hizo en su nombre: el establecimiento de un Estado Totalitario dirigido por un partido único autodesignado como vanguardia del proletariado y que, en realidad, terminó por suplantarlo y reprimirlo en forma despótica, para beneficio de una casta de burócratas que nunca se preocupó por auscultar el sentir de las mayoría ni reconoció su soberanía, la voluntad de su pueblo.

Lo que, por lo demás, de ningún modo significa desconocer el inmenso esfuerzo emprendido a partir del año 1917 en la construcción de una nueva sociedad, ni negar los avances en las condiciones materiales en la vida del pueblo, en general, los logros sociales, tecnológicos y culturales que se pueden registrar a lo largo de los setenta años de desarrollo del así llamado “socialismo realmente existente”, sin olvidar, de otra parte, los sacrificios heroicos del pueblo soviético y su contribución decisiva hace setenta años a la derrota del facismo.

No ha sido nunca la historia un proceso fácil, lineal, sino precisamente agónico y contradictorio, al ser impulsada por los antagonismos sociales y el anhelo de emancipación de los sectores oprimidos de la sociedad. Quisiéramos, para terminar, recordar que hace quince años comenzábamos a conmemorar en el mundo entero el bicentenario del acontecimiento histórico universal que Hegel calificara de “Aurora” de los tiempos modernos: el asalto a la Bastilla, La revolución francesa. Para decirlo con palabras de Ernst Bloch (Aporía y herencia en la tricolor: libertad, igualdad, fraternidad, en Derecho natural y Dignidad humana) “el progreso ulterior consiste exactamente en que lo políticamente característico del citoyen: libertad, igualdad, fraternidad, se incorpore a las ´forces propres´ del hombre vivo”. ¨porque sólo entonces, como lo dice recordando a Marx “se habrá realizado la emancipación del hombre”. Desacuerdo con lo cual, el otro, los otros hombres, “ya no vivirán, como en el egoísmo de los derechos del hombre, como límite de la libertad, sino como su comunidad”.

Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895) nacieron en la Renania, región occidental de Alemania que en el congreso de Viena (1815) había sido incorporada al reino de Prusia. Se puede decir que, guardadas las diferencias- pues mientras Engels era hijo de un opulento industrial de Barmen, Marx lo era de un abogado de Tréveris- tuvieron un desarrollo juvenil hasta cierto punto paralelo. Ambos experimentaron en su desarrollo intelectual la influencia de Hegel y Feuerbach, ambos entraron en contacto con los jóvenes hegelianos en Berlín, aunque Engels no llevó a cabo estudios universitarios formales. Si bien se conocieron a finales del 42 cuando Engels colaboró con la gaceta Renana (de la cual Marx era jefe de redacción), fue a partir de mediados del 44, cuando Engels, que gerenciaba en Manchester, Inglaterra, una fabrica textil de la cual era copropietario su padre, visitó a Marx en París, que se inició su inmensa amistad y su trabajo común, que ya en los años subsiguientes daría sus primeros frutos con la edición de su primer libro conjunto: La sagrada familia o la crítica de la crítica crítica, publicada en Fracfort en el 45, y el manuscrito de una obra más extensa que testimonia su plena maduración: La ideología alemana (que se publicaría apenas en 1932); así como la fundación en febrero de 1846, en Bruselas, a donde se había trasladado Marx tras su expulsión de Paris, de una oficina de correspondencia con los grupos de obreros y artesanos de las principales ciudades de Europa, a través de la cual entraron en contacto un año más tarde con la “liga de los justos”, que se convertiría a finales de ese año en la liga de los comunistas y para la cual redactarían el Manifiesto del partido comunista, que apareció en Londres el 24 de Febrero del 48, dos días después de estallar la revolución en Francia y que al extenderse a otras ciudades de Europa les permitiría, desde mediados de abril, participar en sus desarrollos, en Colonia, en Barmen, el Palatinado y Baden. Tras el fracaso de la revolución se traslado Marx a Londres, en donde, entre otras cosas, contribuiría decisivamente a la fundación de la Asociación internacional de trabajadores (finales del 64) y emprendería una minuciosa investigación que se plasmaría en El capital, cuyo primer tomo apareció en Hamburgo en 1867. Fue gracias a la ayuda económica de Engels que Marx pudo realizar sus estudios. Tras su fallecimiento el 14 de marzo de 1883 editó aquel los dos tomos subsiguientes de El capital y publico sus propios trabajos (como, por ejemplo, en octubre del 84, El origen de la familia, la propiedad privada y el estado) y continuó orientando el movimiento internacional de los trabajadores- la segunda internacional se fundaría el 14 de julio de 1889, en el centenario de la toma de la bastilla- hasta su muerte en Londres el 5 de agosto de 1895.

Rubén Jaramillo Vélez

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